¿Un brindis al sol? - Consideraciones sobre la política de salud en el III Plan Director
26. Febrero 2009 por Joan Tallada | Categorías: Reforma institucional, SaludHabría que evitar que la aprobación oficial del III Plan Director derive en una depresión post-parto colectiva: después del esfuerzo por dar a luz un documento en el que no falte de (casi) nada, ahora hay que centrarse en crear las condiciones óptimas para su aplicación. Y no es fácil.
Vaya por delante el reconocimiento y el agradecimiento a los responsables del proceso de consulta con la sociedad civil del III Plan Director: por su flexibilidad y su amplitud de miras, por su implicación en un diálogo efectivo, especialmente en el área de salud, que es en la que me he implicado. Efectivamente, he sentido como algo excepcional lo que debería ser ordinario, un modelo de participación siempre mejorable, claro, pero que se me ha antojado coherente e integrador, y que no ha eximido de tomar decisiones a quien tiene la responsabilidad de gobernar. Pero qué queréis que os diga: el que esto subscribe no está muy acostumbrado a ello.
Claro que la discusión es más fácil si en vez de entrar en detalles sólo se abordan grandes líneas, como es el caso, al menos, de la sección que os comento, la 8.3.4 “Servicios sociales básicos: salud”. El propio texto acepta su vocación generalista al remitirse a otro documento fundacional, la Estrategia de Salud de la Cooperación Española de 2007, éste sí más prolijo. Por ello, cualquiera que desee hacerse una idea cabal de la propuesta política del Gobierno en este ámbito debe tener presente ambos escritos.
El hecho de que el III Plan Director 2009-2012 y la Estrategia de Salud 2007 se hayan redactado en dos momentos temporales diferentes (aunque no muy lejanos entre sí, el interludio ha sido bastante rico en debate) crea ciertas paradojas: el primero incorpora mejoras conceptuales y precisa apuestas políticas que el segundo debe ahora integrar, con el riesgo de que el avance discursivo haga a su vez obsoleto, al menos en parte, el propio Plan, en un bucle de retroalimentación sin fin. Porque una cosa es que se valore positivamente que la Estrategia de Salud sea un documento vivo, y otra es que no se esté nunca quieto.
Sea como fuere, y como ya se ha escrito en este foro, creo que la apuesta por modelos más dinámicos de abordaje de los problemas de salud en el mundo, especialmente de las grandes pandemias ligadas a la pobreza (VIH/SIDA, tuberculosis, malaria), y la consideración de los productos biomédicos especialmente diseñados para la promoción y la protección de la salud como bienes públicos internacionales, son uno de los grandes logros de este III Plan. Cierto es que estos elementos ya eran sugeridos en la Estrategia de Salud, pero es en el nuevo documento donde adquieren carta de naturaleza y, por utilizar una expresión muy de moda, se ponen en valor.
Pensadores, estrategas, visionarios
Un miedo recorre a todos los que nos sentimos concernidos por el III Plan Director: que no seamos capaces de aplicarlo. Con todos los defectos que pueda tener, es un Plan ambicioso, comprehensivo, de amplio alcance, una hoja de ruta más que digna para hacer de la política de cooperación al desarrollo una verdadera cuestión de Estado, con todo lo que ello implica. Por eso los temores de que se quede en un simple brindis al sol.
Además, y pese a las actuales dificultades financieras (que van a acrecentar la presión política, social y mediática para que se pruebe, con datos, la eficacia de la ayuda) y pese a la congelación del presupuesto, sigue habiendo recursos económicos cuantiosos, cuyo uso debe marcar cuanto menos algunas diferencias. España no va a acabar por sí sola con ningún gran problema mundial, desde luego, pero 5.500 millones es demasiado dinero como para no mostrar resultados tangibles al contribuyente.
Para ello, se está insistiendo, a varias bandas, tanto en la reforma institucional (SECI y AECID) como en la dotación de capacidades técnicas. Lo suscribo en sus líneas básicas, aunque me gustaría añadir algo más, que considero muy relevante. No necesitamos sólo más gente formada y experimentada en la gestión y en el análisis de la realidad: también necesitamos, y perentoriamente, personas dedicadas a generar, o al menos, detectar precozmente tendencias innovadoras, a avanzarse a los acontecimientos proponiendo el camino a seguir para que no nos arrollen y liderar la respuesta a los desafíos antes de que éstos sean incontrolables por enormes o demasiado complicados. Quiero decir, no sólo nos hacen falta más gestores y analistas, también nos urgen pensadores, estrategas e, idealmente, visionarios.
Una vez que hemos demostrado que, igual que otros países de nuestro entorno, podemos llegar a comprender la muy compleja naturaleza de la cooperación internacional en este mundo tan globalizado, tenemos que demostrar que sabemos crear las condiciones para desarrollar todo nuestro potencial y dejar que nuestra creatividad fluya ofreciendo soluciones de nuevo cuño.
De este modo, en 2012, España ya no será (como lo ha sido al menos hasta el estallido de las burbujas financieras) un nuevo rico que no sabía muy bien a qué dedicar su dinero sobrante excepto fijarse en qué hacían sus vecinos (lo que ha estado bien para empezar, pero no es suficiente), sino un socio activo qué sabe cómo enfrentarse a los retos con imaginación.
